Una locura llamada supervivencia

Lo de mi incursión en las sombrías artes de la barbería y la peluquería no es reciente. Tiene su origen en la Invasión de EEUU a Panamá. A un mes del hecho y por los siguientes dos años, en la entrada del apartamento de mi tía que quedaba a puerta de calle en San Felipe, mi tía, mi prima y yo comenzamos a poner varios letreros: Se venden duros / Se pintan pañales / Suéteres decorados / Tembleques / Cobertores de electrodomésticos / Aguacates veragüenses / Servicios mecanográficos / Afianzamiento escolar / Clases de típico / Cortes de cabello a $3 ; y así, una diversificación del mercado sin parangón.

La gente del vecindario se acercaba a comprar y a contratar, ya fuese por necesidad real, por solidaridad de clase o por asomarse a curiosear. Sin embargo con lo de la peluquería no se animaron mucho cuando supieron que la peluquera era una adolescente sin mayor experiencia en el oficio. Solo llegué a tener 5 clientes. Como todas éramos vecinas, mi abuela y mi madre se asomaban por la puerta que da al patio y desde ahí me echaban cruces y rezos, mientras yo operaba, para que no fuera yo a desgraciarle la cabeza a nadie. Y fueron rezos efectivos porque los cortes quedaron muy bien, excepto al último que le trasquilé un poquito, cerca de la nuca. Yo se lo confesé enseguida y el señor me dijo: «No se preocupe, que yo tenía era miedo de que me recortara la oreja».

Un par de años después cuando tenía un trabajito asalariado, venía llegando a casa en un taxi, cuando al alzarnos a la salida del mercado, vemos que en la Placita 2 de Enero hay un tipo descalzo y raído y a todas luces trastornado, que blande una tijera y con una silla rota acomodada debajo del árbol, llama a la gente a acercarse a su barbería improvisada. Justo en ese momento, un tipo toma asiento en la silla coja sin respaldar, se deja poner la capa de bolsas plásticas amarradas y el otro comienza a cortarle el cabello. El taxista estaba espantado: «¡Pero no se dan cuenta de que ese barbero es un loco!». Me fijé que el peluquero descalzo y raído estaba llevando muy bien el corte de cabello. «No señor -le respondí-, ese hombre no está loco, sino desesperado. Los que sí tienen que estar locos son los clientes».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.