Jurado de mesa

Lo que voy a extrañar es no poder ser jurado de mesa. Eran $50 dólares y una comida con ropa vieja + 1 malta y 2 hot dogs más fríos que la lengua de un muerto. La mejor parte era la hora del cierre de las urnas y el maratónico conteo de votos (de ahí que la salchicha se enfriase). Allí toca marcar el paso porque los partidos, sobre todo los que tienen más cancha en el negocio, tienen -o deberían tener- ahí apostadas unas instancias de defensa del voto, porque como las elecciones se ganan con votos y éstos se cuentan mesa por mesa, la defensa del voto está Ojo al Cristo. Y más te vale no equivocarte, no dar un paso en falso, porque no pensarán que fue un error, y enseguida te saltarán tanto los ofendidos como los favorecidos, pero no tanto los que están en el recinto que han sido debidamente capacitados en los protocolos, sino la fanaticada que está aguaitando a través de las ventanas de ornamentales, porque el reglamento -bendito sea- no les permite entrar, pero que de haber un conflicto serio no dudes que esa horda atravesará los ornamentales. Todo un acto de triunfo del realismo mágico. Finalmente llenas y firmas las actas, lees en voz alta y grave para que sepan que contigo no se juega y que no en balde te pusieron a presidir la mesa o a mojarles el dedo en la tinta, y entregas el paquete al mandamás electoral de turno. Te fijas bien que no hayan resentimientos ni resentidos esperándote a la salida y sales de tu recinto ya bien entrada la noche, sorteando a los grupos que se abrazan y lloran a moco suelto y a los que saltan en locura de fiesta. Hasta que te encuentras con tu madre y tu hermana que también vienen sudadas y sucias del carbón de la quema de papeletas, saliendo de sus respectivas mesas con los hot dogs apachurrados y los $50 que se han ganado a pulso, rumbo a casa, en donde tu abuela espera para contar el botín mientras escucha sin interés alguno el informe de minorías y finalmente dice satisfecha: «Estos son 150 dólares que no teníamos. Lástima que esto solo es cada 5 años». Y las 3 jurados, ciudadanas ejemplares, con los pies hinchados y la voz ronca de contar votos y cantar nombres, asentimos tiradas en el sofá, jamás demasiado seguras de la cuestión democrática porque los resultados de aquel día poco o nada habrían cambiado la realidad de nuestras vidas.

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