Fantasmas

Una vez viví en un apartamento de dos pisos, muy bonito, en el que ocurrían eventos paranormales. Todas las noches escuchaba unos pasos subir por la escalera y llegando a la habitación en la que yo dormía con mi hija de un año, se perdían. Un día vi un celaje en el pasillo y aproveché para preguntarle qué era lo que buscaba pero se disipó sin contestar. Se escuchaba que sacaban las sillas del comedor y encendían el abanico de techo que era bastante sonoro; corría a asomarme pero todo estaba en orden. Jamás se me erizó la piel, jamás percibí una energía mala.
Una noche, mi tía se asomó por el balconcillo interno y me vio pasando la sala rumbo a la cocina, así que me pidió subirle un vaso de agua. Pero no se lo subí porque yo aún no había regresado de la calle, llegué como 2 horas después y fue cuando mi tía decidió llamar a un cura amigo de la familia para que exorcisara. Como este cura me miraba con malos ojos en secreto, yo tenía la esperanza de que sus conjuros fuesen una patraña, pero al parecer era bueno en la materia porque desde que vino se acabaron los ruidos y las apariciones. Fue por eso, y no por lujurioso, que le tomé mala fe, porque después de la partida de los fantasmas, yo me seguía despertando como siempre a las doce de la noche pero todo el mundo dormía y no había nadie vivo ni muerto con quien compartir la angustia.