El arañazo

Hace 28 años cuando mi difunta abuela supo que al general depuesto se había asilado en la nunciatura apostólica y de ahí lo sacarían directo hacia Miami sin enfrentar un juicio en su propio país, nos pidió que la lleváramos a las entradas de la nunciatura porque, según ella, empujando entre el golpe de gente, quería alcanzar a darle aunque sea un arañazo.
Por supuesto que en mitad de la tragedia que estábamos viviendo pasados pocos días de la invasión armada y con un pariente desaparecido, no la llevamos a participar de ninguna turbamulta.
Esta madrugada, antes de que despertara y me trajeran los periódicos  con la noticia de que el General había muerto, mi abuela muerta volvió a  visitarme en sueños. Venía saliendo de un túnel oscuro del más allá y traía esas uñas larguísimas que tuvo hasta muy vieja, y me dijo:
— ¡Mija, despierta, despierta!  ¡¿Adivina a quién le acabo de meter un arañazo?!

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