Antigua

Para qué negarlo, extraño a Antigua Guatemala. Con gusto me habría quedado allá viviendo de algún oficio como talladora de jade o barredora del Convento de las Capuchinas y almorzando bajo un árbol por 10 quetzales, con refill ilimitado de refresco de tamarindo, en una vida sin ambiciones, estreñimientos, ni puñaladas.

Cada vez que iba a Antigua a hacer algún trabajo sofisticado me quedaba viendo con envidia a las señoras trabajadoras de las taquerías y soñaba con estar de aquel lado del mostrador y esperar ansiosa el día de la quincena para sacarme el delantal y cruzar con mis 4 hijos al Pollo Campero de la entrada del mercado como quien llega a Disneyworld cruzando la calle.  Aquí vivía Ricardo Arjona, me diría alguien orgulloso, y yo me encogería de hombros como cuando chiquillos nos dijeron que en San Felipe al lado de nuestro viejo caserón se había mudado Rubén Blades: Cosa suya, dijimos unos. Y a mi qué me importa, dijeron otros. Sí lo queríamos, pero nuestro barrio y nuestra vida rebasaba a cualquier sujeto y personaje y seguimos con nuestras vidas tan sencillas e imposibles de derribar.

Bella Antigua, la cuna de la grande y preclara Universidad de San Carlos, en donde todos los que se graduaban se hacían doctores y ese día el pueblo entero se tiraba a las calles en vivas y vitores porque uno de los suyos había llegado lejos.