Después de misa

El Padre José hablaba hasta por los codos. Y era por gusto porque en el pueblo la gente no mejoraba. «Cambia de actitud y vivirás» estaba inscrito en el frontispicio de la iglesia, y aquello nos daba de lado. La principal utilidad de nuestra comunidad religiosa eran los negocios porque teníamos un santo que hacía milagros y le vendíamos cuánta cosa a los que venían de lejos. La misa de 10 de la mañana terminaba casi a las doce del día, y cuando salían, las hordas poblaban la tienda de Tirzia (que en verdad era Tilcia) y ahí ante el largo mostrador de madera, el portal, el llano y hasta El Caimito almorzaban pan de dulce y una malta Super Malta mientras se daban gusto hablando de la vida ajena. Ese día el nombre de cuanta mujer o niña púber en adelante pasaba por el cadalso de sus lenguas. A mi misma me pusieron un apodo siendo tan solo una niña de 12 años, lo supe años después: «Lili Cañal», porque yo corría bicicleta con mi primo Edi por los cañaverales, y vaya a saber lo que se imaginaban. «¡Qué gente sin dignidad!», exclamaba mi abuela con los brazos en jarras y negando con la cabeza. Pero no por la ruina moral del pueblo sino porque se habían dejado meter esa Súper Malta y ya casi nadie aparte de ella tomaba Malta Vigor. Después vinieron los jugos en tetra pak, el queso amarillo y otras canalladas y nadie volvió a hacer un tanque de chicha. Fueron los primeros signos de la globalización. Ahora van menos a misa porque tienen Whatsapp, y quién los aguanta.