La revancha

Aquella noche de 1980 mi hermano Pacho y yo habíamos quedado al cuidado de mi tío Norman, un joven muy juicioso a quien todos llamábamos Beby. Estábamos perezeando en la sala de la casa cuando de pronto todo se hizo confuso. Beby nos hizo vestir de apuros y bajamos volando las escaleras. Nos recuerdo corriendo por las calles de San Felipe y yendo en un autobús y luego andando por una calle en medio de un gentío creciente, hasta que comenzamos a entrar como ganado en alguna edificación de pasillos oscuros que parecían achicarse. La gente empujaba y Beby nos sujetaba las manos con una fuerza al borde de la fractura. Subimos por unas escalinatas con toda esa gente y en cierto momento nos sentimos a salvo cuando Beby nos sentó en un lugar muy alto. A nuestros lados y hacia abajo del estómago de aquel volcán, miles de personas vociferaban en la oscuridad, mientras que un gran resplandor que provenía de abajo los iba acallando y unas luces comenzaron a bailar entre nuestros rostros como si buscasen a alguien con una lámpara enorme. Poco a poco en el centro de aquella hoguera comenzó a distinguirse una plataforma y la figura de unos hombres. Y una voz lo estremeció todo cuando anunció lo que estaba sucediendo: Sandokán contra Aníbal. Máscara contra Cabellera. La Revancha. Y ahí también estábamos nosotros -sin saberlo- en mitad de los años dorados de la lucha libre en Panamá. No podía percibir con claridad las imágenes pero la voz que llegaba por todos los ángulos no dejaba duda de que nuestro gran Sandokán le estaba dando la paliza de su vida al mexicano. Habían pasado 4 años desde aquella noche en que Sandokán vivió la deshonra de perder su máscara contra Aníbal, en un giro absurdo del destino, cuando nuestro héroe ya lo estaba venciendo. Y ahora estaba ocurriendo otra vez. En vez de declarar la victoria de Sandokán, el árbitro decidió parar la pelea. Para ese momento nuestro visionario tío Beby ya nos llevaba volando escaleras abajo con el objetivo puesto en alcanzar la parada de buses, porque lo que vino después es inenarrable. La turba vengadora enloqueció y no hubo alma en el Gimnasio Nuevo Panamá que no se agarrara a puños y a sillazos. Siempre he escuchado que las peleas en la lucha libre son falsas pero aquella noche de la revancha corrió sangre verdadera.