La trompeta

La ciudad de Toronto está poblada de artistas, soñadores y locos. El otro día, en una esquina, un hombre tocaba una trompeta con una pasión y fuerza que jamás he visto en otro músico en escenario alguno. Cada tanto el hombre se detenía un poco y, ofreciéndonos la trompeta, nos hacía señas a los viandantes de acercarnos a tocar con él. El problema era que el único que podía ver la trompeta era él. Y sonreí un poco porque en el fondo la locura de los otros no provoca burla sino alivio. Un alivio breve mientras seguí mi camino entre el gentío y el metro y los edificios, escuchando una música que no puedo mostrar al mundo porque solo es capaz de existir en mi alma.