Li Bonita

Me siento mal, quiero mi cama. Ahí donde es posible flotar en un mar de estrellas y volver a nacer. Anda, léeme a Sabines. Aquel hombre de México me abrazaba y me leía a Sabines. Fue hace mucho. Me decía Li Bonita. A mi nunca me abrazaban, pero él me abrazaba por todos los que jamás lo harían. «¿Sabes de qué trabajo Li Bonita?» Buena pregunta después de dos meses, a ver, ¿de qué trabajas?  «Soy Secretario de Estado».  ¿Del pinche Fox?  «Pos sí».  ¡Maldita sea, eres de derecha!

Pero lo perdoné, porque me abrazaba y me acariciaba el pelo y me decía Li Bonita, y era grande y yo pequeñita, y me escribía cuentos en los que la muchacha se llamaba Li.

¿Qué más me has ocultado? ¿No será que tienes una esposa? «No hablemos de eso, Li Bonita, déjame que te cuide». Y me leía en sus brazos y mis enfermedades imaginarias se iban disipando.

Pero han pasado muchos años y estoy en Tegus, harta, sola y enferma. Todo es sombras y mi habitación da vueltas. Entonces un fantasma se recuesta a mi lado, me abraza, una voz que no recuerdo se pone a leerme: «Los amorosos callan, el amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable…» hasta que el dolor va menguando y me voy quedando dormida en un abrazo imaginario, en un abrazo grande, y yo pequeñita.

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