Los días del trigo

Hace días que no salía de casa y hace más días aun que no me peinaba. Ante el espejo del baño, tomé un mechón y me pasé la plancha. Qué extraño, mi pelo ahora es amarillo. No recordaba habérmelo pintado, y en todo caso, éste me habría parecido un color horrible. Entonces recordé a mi madre, que aquellos días en los que estaba muy triste y el mundo caía en pedazos sobre ella, abría una cerveza. Pero no se la bebía, sino que la echaba en un tazón y la sacaba a tomar sol en el balcón hasta que hirviera, luego la refrescaba y se la derramaba en la cabeza; y su cabello, que ya era claro, se volvía muy amarillo.
Dejo caer el último mechón y pienso en el Zorro de El Principito para quien el trigo no significaba nada porque a diferencia de los humanos él no comía pan. Pero ahora, cada vez que atravesara un trigal, amaría ese campo porque le recordaría al cabello del Principito.
Como mi madre, me puse argollas grandes, la camiseta azul y el diablo fuerte nuevo y las sandalias, y fui a comprar un boleto a la estación de trenes.
-¿Cuál es su destino?, me preguntaron.
-Eso no lo sé del todo, respondí. Solo quiero ir en un tren que atraviese los campos de trigo.
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.