Los no queridos

Cada verano, mis hermanos y yo viajábamos con mi abuela a la casa del interior. Por lo general, llegábamos el 7 u 8 de enero cuando las festividades navideñas y de nuevo año y día de reyes habían pasado.

La señora Tilcia era la tendera del pueblo y se llevaba muy bien con mi abuela. De hecho, era la primera visita que hacíamos en cuanto pisábamos el lugar. Las dos mujeres se abrazaban en un gesto emotivo y se daban las felicitaciones atrasadas. Concluí que mi abuela debía de apreciarla bastante, ya que se tomaba la molestia de llevarle un regalo a ella y a cada miembro de su familia. Solo después comprendí que la tendera le daba crédito a mi abuela y que mi abuela le compraba en abundancia y le pagaba pronto y muy bien y que esto favorecía el suelo de aquella especie de amistad.

Un año se me ocurrió mandarle con antelación una carta a doña Tilcia, para desearle el consabido felices pascuas y próspero año nuevo a tiempo. Las primeras líneas que escribí decían textualmente: Sra. Tilcia, dos puntos, ante todo deseo que en estas navidades la pase usted muy bien con todos sus seres queridos y los no queridos.

Mi abuela, en cuanto leyó esto, rompió la nota y me regañó, y me hizo escribirla nuevamente pero sin eso de «los no queridos».

A los 8 años yo no sabía que el reconocimiento de todas las posibilidades de afectos y desafectos en el entorno familiar no eran tratadas con apertura y franqueza y, por el contrario, eran verdades reprimidas.

Tendría que haber aprendido la lección, pero aquello no fue sino un indicio de que esa no sería la última vez en que me cortarían la lengua, ni la última en que volvería a brotarme. Algunas lenguas tienen la memoria estructural de la hidra y no nos queda más remedio que aprender a lidiar con los seres queridos y los no queridos.

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