Máquina de escribir

Yo quería el bachillerato en Ciencias o en Letras, quería dedicarme al teatro, a la pintura, a la danza y a la poesía. Pero convencí a mi madre de meterme en Comercio, porque así me graduaba en quinto año y podía comenzar a trabajar desde los dieciséis, como en efecto hice. Nos tocaba dar contabilidad, redacción comercial, mecanografía y práctica de oficina todos los días, así que mi abuela bajó conmigo a la mueblería del español y me sacó a crédito una máquina de escribir pequeña color beige.
Clac clac clac clac clac clac clac, chiin!
Clac clac clac clac clac clac clac, chiin!

No era fácil alcanzar la marca de 70 palabras por minuto, pero pronto la alcancé y la superé, 70, 80, 90, 95! Era una fiera. Después de las tareas, me sobraba tiempo para escribir otras cosas o transcribir apuntes inútiles. En 1992, cuando tuve dieciocho años y una treintena de sonetos, mi prima hermana me convenció de empastarlos y meterlos al Miró. Y los metí en Poesía así nomás, sin orientación ni edición adecuada, pero sobre todo, cargados de cursilerías, obviedades y lugares gastados y, pese a todo, con algunas figuras maravillosas que todavía añoro. El día del fallo desde luego que no gané. El día que fui a retirar mis ejemplares fracasados, los tiré al piso furiosa y les prendí fuego ahí mismo en el piso de Las Bóvedas, hasta que los guardias me echaron. Me fui llorando y sucia de carbón en los dedos y la cara, porque cómo pude ser tan idiota de creer que yo podría ser escritora. No escribo más, fue lo que dije. Y en el horizonte, una muchachada con maletas partía hacia Europa, México y Buenos Aires a estudiar las bellas artes, mientras yo sacaba las cuentas del día en el mostrador de vidrio del «indostán».
Este año 2017, ya es el futuro según las películas, y como no estaba trabajando y hacía frío, pude completar una serie de relatos desde el otro lado del continente, y mi mejor amigo lo llevó al concurso en la categoría Cuento. Como es obvio, la noche del fallo ganó otro tío. Cuando leí el título de la obra y el fallo del jurado, supe que mi serie de mujeres y niños demasiado reales y malnutridos jamás podrían haber vencido a Charles Atlas. Sentada en la banca de un parque, enrollé el ejemplar del folleto que conservaba y saqué un encendedor para quemarle ahí mismo, pero mejor prendí un cigarrillo. Al folleto lo senté a mi lado en la banca y le dije: «Mira, tienes muchos errores menores pero eres bueno y tienes bisturí. Por primera vez siento que he escrito algo realmente bueno. Vamos a corregirte y editarte y si todo sale bien, te publicaremos en primavera. ¿Te parece?»
Y él asintió. Y nos quedamos ahí solos en silencio, hasta el amanecer.

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