Don Octavio

He estado saliendo con Don Octavio durante tres semanas. Para ser precisa, desde que comenzaron los días cálidos. Aunque no fue por eso sino porque ese día andaba yo muy molesta y salí de casa dando un portazo y me dio por buscarlo y nos fuimos juntos por las calles. Después me calmé y hasta estuve un poco nerviosa porque nos sentamos en una banca bajo un árbol y yo lo aferraba con mi mano y lo escuchaba y los rayos del sol y las sombras de las hojas se proyectaban en nosotros. Al cuarto día salimos con el pequeño Kola. También fuimos a un parque y Kola en vez de corretear se quiso quedar entre nosotros escuchando y hasta comprendió lo que él decía más de lo que yo imaginaba, tanto que esa noche antes de dormirse, Kola me repitió muchas de sus palabras, aunque también me reconoció que este señor a veces decía cosas muy raras.
Pero a todo le llega su hora. Hoy fui con don Octavio a hacer diligencias. De la biblioteca pública me habían notificado que ya tenían el libro que les había solicitado. Y como soy rencorosa y vengativa esperé que estuviésemos en el vestíbulo de la biblioteca para decirle que ya no iba a seguir saliendo con él porque iba a comenzar a salir con alguien más. Que tres semanas había sido más que suficiente. Y él, que para todo tiene una palabra, para esto no tuvo respuesta, solo sus ojos hermosos con los que alguna vez mató a más de cuatro. Pero a mí eso no me impresiona, y así como era él de inmisericorde, así mismo le traté. Me paré frente a la bibliotecaria y dije: Vengo a devolver la antología poética Libertad bajo palabra de Octavio Paz y a retirar la antología poética de Rosario Castellanos. Y don Octavio se quedó triste viendo como lo alejaban de mí, para devolverle a un librero en el que podría pasar meses, un año o varios antes de que entrase a buscarlo alguien que hable nuestra lengua. También se quedó viendo a Rosario porque él no sabía que durante todos estos años ella había estado en esta misma biblioteca. Me quiso dar congoja pero doña Rosario, ya de este lado del mostrador me dijo que a lo hecho, pecho, y que no le tuviera una pizca de lástima. Le hice caso. Le di la espalda y en la puerta de salida me quedé viendo el tranvía, el gentío, los turistas, el verano que ya nos cayó encima, y me fui por las calles con la Rosarito.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.