«Orgullo y prejuicio»

No sé si fue con el rabo entre las patas, pero en menos de tres meses me tocó volver derrotada con todas mis maletas. Sin siquiera desempacar, me tiré en el sofá y fingí que estaba interesada en la televisión.

-¿Y qué pasó con el hombre con el que te ibas a casar?, preguntó mi abuela.
-Tuve que dejarlo.
-¿Y el anillo?
-Ya lo vendí.
-¿Y qué fue lo que no te gustó?
-Que era mecanicista reduccionista, abuela. No lo soporté.

Y la miré de reojo porque era seguro que me iba a preguntar qué era eso y entonces, yo iba a lucirme. Pero ella no lo preguntó, sino que se me quedó viendo largo con una sonrisa de complacencia y después dijo como para el aire algo que desde hace años quería decir:

-Me gusta mi nieta, ¡no quiere a nadie!

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