Mi propia jefa

Para qué seguir escondiendo que yo fui una de esas. Hace rato esta conocida amiga venía diciéndome que quería que nos viéramos, que habláramos, que ella me tenía en alta estima, que yo le resultaba decidida, fuerte y persistente, y me invitó a almorzar al restaurante de al lado de mi oficina. Pero en lo que le pegaba la primera mordida a mi hamburguesa, me dice ella que si no me gustaría tener más independencia económica y ser mi propia jefa. Y ahí mismo sentí como si se me quisieran salir las lágrimas. ¡Diosmío, qué caro me va a salir este almuerzo! -me dije.

Y comía a fuerzas, casi no podía tragar, se me secaba mucho la garganta y, para compensar, a cada rato me metía cantidades de soda mientras le escuchaba todos los beneficios que me esperaban en ese proyecto. Yo sacaba fuerzas de voluntad para negarme, con mucha pena, pero ella prácticamente me obligaba a ver unas fotos de una gente con unas sonrisas exageradas sosteniendo en la mano sus primeros cheques de premio. Para cuando me iba terminando las papas fritas, ella tenía ya afuera el formulario, el bolígrafo y una cámara para retratarme ahí mismo.

Y para qué seguir si ahí está el saldo: $1,000 dólares a la tarjeta y una amistad perdida. Más doce años de llevar este dolor en el pecho.