Centroamericana

De los nicas aprendí a comer como si no hubiera mañana y a decir muchas palabras sucias pero también muchas palabras lindas, como decir «andar» para decir llevar o cargar algo encima, o a decir «Te miras bien» para decir que te ves bien; a aceptar que me describan como «gata morena»; y a quitarme las sandalias al llegar porque la tierra de poetas santa es.
De los chapines aprendí que se puede ser muy dulce sin empalagar, a decir «¡Bien!» para responder que Sí, a decir «No tenga pena» para decir no se preocupe y a decir «Te voy a traer» para decir te voy a recoger; y que no solo por el maíz yo alucinaba (con)vivir con ellos.
De los salvadoreños aprendí que el primer valor es el trabajo, segundo el trabajo y tercero el trabajo, a observar bien una escena antes de actuar, a decir «Cabal!» para decir exacto o así es y a decir «Va» para decir OK; y que el respeto y la amistad ahí se ganan a pulso.
De los ticos aprendí a decir «vos» al final de una pregunta en segunda persona; a decir «ocupar» en vez de requerir, y el necesitar sólo usarlo en una real necesidad como cuando necesitas trabajo o de alguien más; y aprendí que por mucho tiempo en sus escuelas primarias les enseñaron a cantar «panameño vida mía, yo quiero que tú me lleves al tambor de la alegría», aunque algunos luego lo olvidaron.
De los hondureños no aprendí palabras sino una convergencia de sentimientos raros, esa capacidad de cantar hasta la madrugada en mitad de una guerra, y que tienen los ojos más brillantes, como si quisieran reír y llorar a la vez, y ahí aprendí a presentarme como centroamericana nacida en X sitio.
Cuando yo era niña me enseñaron que los nicas eran malos y los salvadoreños gente peligrosa. No me enseñaron que Centroamérica es más grande y arrecha que cualquier país de Europa, que el enemigo es uno y somos una fuerza frágil mientras nos mantengan divididos, y otro millar de cosas que la historia y mis hermanos vecinos me fueron enseñando durante la década más centroamericana de mi vida.

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