El difunto

Hay quienes no respetan el dolor ajeno y piensan que todo gesto emotivo es una falsedad. Y la muerte de aquel copartidario fue y sigue siendo la pérdida del compañero político que más me ha dolido. Tenía 2 meses de no verlo cuando recibí la noticia, apenas a tiempo para llegar a las honras fúnebres.

El Santuario Nacional estaba de bote en bote, gente importante, guardaespaldas y tres filas para dar el pésame a tres viudas distintas. Pero a mi nada de eso me importó. Me abrí paso entre la muchedumbre y me lancé a llorar sobre el ataúd. Casi tuvieron que arrancarme del féretro cuando una de las viudas ya comenzaba a mirarme con recelo. Unas conocidas me ayudaron a salir por la galería izquierda donde unos compañeros de confianza corrieron a agarrarme y me trajeron un vaso de agua de la casa cural.

Ellos fueron los únicos que no vieron ridiculez en mi triste espectáculo, tal vez porque ellos eran los únicos que sabían que el difunto se había ido sin pagarme $300 dólares.

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