Universidades y universos

Con tanta gente graduándose en estos días, por ratos quiere acecharme cierto deseo triste de meterme en una carrera. Desgraciadamente, como diría Mark Twain, tendría que interrumpir mi educación para empezar a concurrir a la escuela. Y eso sería una gran derrota. Ya no podría pasarme todo el santo día metida en esta gigantesca biblioteca pública devorando a placer los corredores de la ciencia y de la historia. Tendría que renunciar a mis peculiares estudios, para someterme a los que organiza el enemigo y tolerar que me califiquen con sus ridículos puntajes bajo amenaza de no darme un buen empleo de otro modo, y al final, recibir el papel en el que acreditan que soy mejor que antes solo porque ellos dicen. No voy a correrles gusto. Yo sola me he procurado más de once carreras de ciencias y humanidades combinadas, jamás por compartimentos estancos. Y eso sin contar todos estos cursos sospechosos y de sórdida reputación que me conseguí últimamente, como el de detective privada o el de medicina por correspondencia, cuyo examen final era realizarle una cirugía a un enfermo inflable. La enfermera, también inflable, me secaba el sudor con un pañuelo porque la operación duró ocho horas y consistía en hacer un transplante de corazón sin desinflar el muñeco. No, claro que no pienso darles el gusto de que destruyan lo que tanto me ha tomado conquistar.
Universidad viene de universo y todavía ninguna universidad ni del tercero ni del primer mundo me ha ofrecido tanto. Y, por si fuera poco, el enfermo inflable se está recuperando con éxito.

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